domingo, 3 de febrero de 2008

Premio de concurso de relatos cortos siglo XXI.



A pesar de que tenía 35 años, Don Agapito Moraleja vivía en Palomar de la Legua todavía con su madre.

- "Búscate una profesión hijo mío"- le decía su mama.

Primero pensó ser chupatintas, luego sacacorchos y finalmente dio con su oficio; sería coscorroncero. Comenzó a caminar por su aldea tocando la chifla y el tamborín, y gritando a ratos - ¡El coscorronceroooo! Se reparten mandobles de a peseta, coyejas rebajadas el 50% y pague dos coscorrones y lleve tres. El coscorroncero!- Todo ello pronunciado con voz de pregonero de fiesta.

La gente salía de las casas y se amontonaban a su alrededor ávidos de recibir frescolines. El negocio era un chollo, tanto que montó su multiprovincial: Agapito guante blanco S.A, con sucursales en el Bierzo y en Astorga. La gente distinguida quería recibir su torta de etiqueta.

La Condesa de Val de Tejuela, a no ser que fuera vestida de Cristian Dior, no permitía ningún redoble. El alcalde de Palomar recibía su bofetón con la banda municipal presente y tocando la tarara y el cura entre guaya y guaya, cambiaba de mejilla y repetía: Ora pro nobis.

En televisión de León contratarón los servicios del señor Moraleja y cada vez que un presentador se despistaba, llegaba tarde al trabajo o contaba un chiste sin gracia, Agapito se colocaba el guante y repartía de tres en tres, mentolados; despejan que da gusto.

Algún poeta ilustre solicitó sus servicios, en esa ocasión sonaban violines, se aromatizaba el aire con jazmín y una voz susurraba antes del coscorronazo "Verde que te quiero verde, coscorrón en las entrañas", pero Don Agapito se cansó de tanto golpe, ya no era capaz de renovar su profesión. Decidió cerrar su empresa. Si de verdad quería aporrear y pisotear a la gente debía convertirse en abogado... pero esa es otra historia.

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