miércoles, 9 de septiembre de 2009

El amor libertador.



Partiremos en busca del mar de manos, el día en el que nos demos cuenta que lo más valioso son los abrazos y las caricias. Al principio iremos sin brújula y confundiremos los dedos con el metal, con la vanidad de sentirse alto o la importancia del poder, pero la soledad encenderá su bramido de fiera y una marejada de olor a salitre nos pondrá en guardia. Caminaremos entonces guiados por la oscuridad misma, por la luna de nuestros anhelos y nos iremos acercando.
El océano de manos se compone de gotas minúsculas, por cada vez que te sonríen de verdad, por cada beso regalado sin cadenas, por cada juego inventado del aburrimiento, por cada vida creada en el amor de la vida y sobre todo, por los abrazos que no se ven, que se guardan por si algún día la espuma es suficiente.
Ineludiblemente, buscaremos profundidades y vaivenes de palma, pero a veces se retirarán los dedos, se cerrarán en puño o se levantarán en digito mandatario, índices de rabia y de tormenta.
Nos dará entonces por pensar que es baldía nuestra empresa y desistiremos en el fondo, como galeón lleno de tesoros, hundido para hacer nido de tiburones, medusas y morenas.
Ahora que somos seres abisales, nos guiaremos de seres luminosos y olvidaremos la luz del sol. Acostumbrados sólo a los chispazos, subiremos poco a poco y antes de morir en la superficie, escucharemos por primera vez el vibrar trémolo de la brisa sobre el ronroneo del mar de manos y al ver la luna, nos abrazaremos para siempre vidas mías, amadas, hermanos, agradeciendo pertenecer al océano de las caricias de mar.

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